miércoles, 17 de agosto de 2011
Pienso, luego no existo
domingo, 14 de agosto de 2011
Ángulos rectos contra curvas
Los dos señores con bombín, Mr. Montag y Mr. Allman, pasaban una acalorada tarde de agosto en una acalorada y reñida discusión que tenía en vilo y al pie de la exasperación a todo el café.
Mr. Montag, hombre de moral intachable y de rectitud envidiada en cada rincón del país, defendía estos valores a ultranza y hablaba de las bondades y maravillas del ángulo perfecto, del símbolo y del hecho. Algo que Mr. Allman no podía asumir, de ninguna forma. Mr. Allman era un amante casi literal de la curva, a la que llamaba madre de todos los cambios y motor del dinamismo. Mr. Montag de estas cosas prefería no saber casi nada. Es más, le alteraban mucho, siendo un hombre tan dogmático, tan convencido de sus argumentos, tan propio.
La discusión ascendía gradualmente hasta amenazar con echar abajo todas las líneas maestras del café, pero nadie quería irse y perderse la batalla entre dos académicos de altura y decanato.
Mr. Montag, muy irritado, arrancó una línea recta del borde de su libro (un Ulises de dentro de treinta años, perfectamente conservado) e intentó clavarla en un hombro de Mr. Allman, que reaccionó, como buen arquero británico, utilizando la curva de la mesita como improvisada cuerda para contraatacar lanzando un vaso. Mr. Montag saltó de su asiento hacia una de las esquinas del café; el vaso se rompió contra la pared, y él sacó un ángulo recto que arrojó contra el interlocutor como un boomerang. Fue Mr. Allman quien tuvo que tirarse al suelo entonces, a su edad, y buscó a tientas las líneas de las redondeadas puntas de los zapatos de un cliente asustado. Las usó como distracción arrojadiza, porque lo que él quería en realidad era la circunferencia perfecta de una mesa, que al tirar encima de Mr. Montag obligó al adversario a caminar en círculos como un bucle.
miércoles, 10 de agosto de 2011
La fórmula del descenso
domingo, 7 de agosto de 2011
La discusión
martes, 2 de agosto de 2011
Conchita
Está armada por partida doble, porque además está histérica.
“CON-CHI-TA”, le digo, pero responde a mi llamada con la masacre de las cortinas. De repente la ONU se vuelve más inútil que nunca ante esta matanza indiscriminada. Me siento impotente mientras la tela chilla por su vida antes de salir por la ventana, y ninguna coalición de encajes quiere venir a su rescate. La política internacional de la industria textil, tan necesaria en otras ocasiones, es ahora poca cosa ante la punzante situación actual y me planteo que, mejor, vengan a mi rescate los sanitarios. Parece que tendré que apañarme con mi autotutela. La situación es dramática: Conchita se orina encima y el resultado es puramente corrosivo. Huelo a miedo, con este calor creo que a algo más, y creo que es hora de correr. Huelo a nervios y a adolescencia añorada. Conchita, con el poder que da un borde cortante, vuelve a la juventud histérica que la alumbró y parece que tiene ganas de quedarse aunque nadie la haya invitado.
Se tiene que estar bien en su posición, atizando navajazos al aire.
Porque Conchita tiene una navaja. Y entre la espuma de su boca y los restos de unas cortinas que nunca soportamos, ni propios ni extraños, creo que no me queda nada a lo que agarrarme, como en la letra de una canción pop. Nada a lo que agarrarme.
Nada serio. Quiero decir.
Hay que salir por las ventanas.